Para mí la vida siempre se ha tratado de encontrar el equilibrio. Si me preguntan por mis pasiones, diría que soy fanática del día a día, de los paisajes, de la vida misma. Nunca he sentido ese fanatismo desbordante por una sola cosa que parece consumir y definir a tantas personas. Por eso, cuando me encuentro frente a quienes sí lo viven así, mi primera reacción es de fascinación pura. Me gusta meterme en los sentimientos de los demás, observarlos, tratar de entender cómo ven el mundo.

Esa fascinación se volvió algo mucho más cercano cuando empecé a ver de cerca, a través de mi pareja y su dedicación casi incansable, el mundo de los Chilean Hammers. Verlos organizarse, comportarse, participar y juntarse para llevar esta pasión a un nivel tan profesional ha sido un viaje increíble. Han logrado cruzar fronteras, conseguir notas en canales de fútbol y hasta el aprecio directo de la comunidad del West Ham en Inglaterra, todo desde un país al fin del mundo.

A veces me pregunto qué es lo que enciende esa llama exactamente. Puede ser un partido, un jugador histórico, hasta una banda de música que compartía el amor por el equipo. Sea lo que sea, es un llamado que hace palpitar sus corazones de una forma que se escapa de la lógica. El mundo de los sentimientos humanos es complejo, y con el tiempo aprendí que a veces es mejor simplemente contemplar la belleza de estos hechos que intentar explicarlos racionalmente.

Hay algo que me conmueve en la convicción con la que llevan estos colores. El West Ham nació de la humildad, forjado por obreros de clase trabajadora. Y siento que ese origen resuena fuerte acá; los hace sentirse identificados como personas que se esfuerzan día a día y que, desde ese esfuerzo, han construido algo gigante que hoy toca otras nacionalidades y otros corazones.

Como alguien con un nivel alto de empatía, puedo sentir el corazón de esta hinchada. En los triunfos y en las derrotas se respira una fidelidad tan inquebrantable que te hace notar la pureza de sus intenciones. Cuando una pasión es tan genuina trasciende cualquier frontera, rango etario, postura política o situación económica.

A mis casi 32 años, ir a una de sus juntas presenciales no era algo que estuviera en mis planes de vida, la verdad. Pero estar ahí me regaló una de las postales más genuinas que he visto. Ver cómo personas que jamás se habían cruzado, que no sabían nada el uno del otro, se reconocían a lo lejos solo por llevar la misma camiseta, es impactante. Un simple "¡oye, aquí, aquí!" a la distancia bastaba para romper cualquier hielo. En segundos esos desconocidos se acercaban, compartían, se convertían en familia, unidos solo por un sentimiento en común y las ganas de disfrutar el momento juntos. Me pareció un acto bellísimo de conexión humana.

«¡Oye, aquí, aquí!» a la distancia bastaba para romper cualquier hielo. En segundos esos desconocidos se acercaban, compartían, se convertían en familia.

Sobre las juntas presenciales de Chilean Hammers

En un mundo donde tanta gente vive metida en la soledad de su rutina, ver a este grupo comunicado por WhatsApp e Instagram, motivándose entre ellos a generar estas actividades y estar presentes los unos para los otros, me parece maravilloso.

Te guste o no el fútbol, hay una lección universal que todos deberíamos aprender de los Chilean Hammers, vivir en comunidad es, sin duda, la forma más linda de descubrir los distintos puntos de vista que existen en la vida y la mejor manera de compartir nuestro paso por este mundo.